Beneficios de vivir en la naturaleza: Sin sintonía con el pasado no hay futuro

  Por Néstor Sánchez  /  

Muchos de los posts de este blog se fundamentan en la medicina evolutiva. Bajo este contexto hemos argumentado varias veces cómo el ser humano sigue adaptado a aquellos alimentos con los que ha convivido el 95% de toda su historia. También hemos desarrollado extensamente, y de aquí la aplicación Mammoth Hunters, que el ser humano debe moverse en unas determinadas condiciones para poder mantenerse sano.

Pero ¿qué ocurre con el entorno en sí mismo? ¿Seguimos adaptados a vivir entre árboles? ¿Impacta sobre nuestra salud caminar sobre asfalto y vivir entre edificios?

Como muchos ya intuís todo parece indicar que sí…

La vuelta a casa

Numerosos estudios demuestran que vivir cercade un entorno natural ya sea rural o costero es beneficioso para la salud humana.

Entre otras cosas, disminuye la tasa de mortalidad global, los casos de enfermedades cardiovasculares y los síntomas depresivos y aumenta la sensación subjetiva de bienestar (1-8). Se sugiere a menudo que el origen de este efecto es psicológico, tal y como resume Jorge Wagensberg en esa maravillosa frase: “la felicidad que sentimos al avistar un animal libre en la naturaleza, nos es más que la nostalgia de cuando nosotros vivíamos en ella”.

El mero hecho de mirar espacios verdes o caminar por un parque o bosque causa rápidos cambios psicológicos y fisiológicos que pueden demostrarse no sólo por pruebas psicológicas (4), sino también por electroencefalogramas (5), por medio de mediciones de flujo sanguíneo cerebral, parámetros cardíacos, de presión arterial y de cortisol en saliva (6 , 7).
En la búsqueda de darle explicación a estos cambios, algunos autores han postulado una hipótesis desde una perspectiva evolutiva (10). El entorno natural podría representar el equivalente de “selección de hábitat ” de otras especies y por tanto la relajación y la satisfacción que sentimos sería la respuesta natural de cualquier especie al volver a su habitat natural (11).
Gracias a los estudios de isotopos de carbono en el esmalte dental, sabemos que desde hace 3-4 millones de años, los homínidos fueron evolucionando en praderas arboladas (12) y siguieron a los ríos y las costas o se asentaron cerca de los lagos. Los seres humanos han evolucionado para obtener recompensas psicológicas de acercarse a estos hábitats ideales para la caza-recolección (10) .

Esta recompensa no es sólo neuro-psicológica sino que se complementa con otros factores que solemos encontrar en los entornos naturales como: las interacciones sociales, el ejercicio y la luz del sol. Parece ser que el medio ambiente natural podría promover las interacciones sociales y un sentido de comunidad (13). A su vez, los espacios verdes se cree que fomentan la actividad física (15) y por supuesto la exposición a la luz del sol. Se sabe que la luz solar puede contrarrestar el trastorno afectivo estacional (SAD) y se ha utilizado para tratar la tuberculosis y curar heridas infectadas (18, 19).

No todo el monte es orégano

Hemos visto que existen indicios de los beneficios de convivir con un entorno natural. Aún así, si queremos ser coherentes y a riesgo de bajar un poco la euforia de dejarlo todo e irse a recolectar bayas emulando al relato Into the wild , existen ciertos factores que tenemos que tener en cuenta.

En primer lugar, está la cuestión de la especificidad. La mayoría de los estudios psicológicos no incluyen controles apropiados. No es suficiente comparar la exposición a una calle de la ciudad con la exposición a un espacio verde pues lógicamente la ciudad esta en clara desventaja (estrés, ruido, contaminación,…). Podría ser que cualquier entorno relajante como tomar un café tranquilo y cómodo, o ir a un cine que proyecta una película para sentirse bien generara los mismos efectos psicológicos que un espacio verde.

Otro factor es que tanto la interacción social, el ejercicio y la luz del sol no son exclusivos de los espacios naturales (21).

Por último otra incertidumbre acerca de la explicación psicológica es la ausencia de pruebas de que los rápidos cambios psicológicos y fisiológicos a corto plazo que siguen a la exposición a ambientes naturales se traduzcan en beneficios para la salud a largo plazo. En otras palabras, ¿están estos efectos psicológicos a corto plazo relacionados de alguna manera con los beneficios de salud que se sugiere que otorga el vivir cerca de espacios verdes por períodos prolongados (reducción de mortalidad, enfermedades cardiovasculares, trastornos inflamatorios crónicos, y depresión) (1, 2, 22, 23) ¿O son fenómenos separados? De momento no sabemos la respuesta.

En resumen

Resumiendo los párrafos anteriores, podemos afirmar que existen indicios que sugieren que vivir cerca del entorno natural (que se define aquí como sin construcciones, incluyendo jardines y tierras agrícolas) tiene beneficios para la salud a largo plazo (1, 2, 8).

Estos beneficios podrían ser un sumatorio de varios factores: una necesidad psicológica de vivir en el entorno en el que evolucionamos como especie, más quizá el ejercicio, la luz solar, y las interacciones sociales. Aún así y como siempre suele pasar en ciencia los datos no son suficientemente concluyentes.

Los humanos tenemos una necesidad evolutivamente predeterminada de exponernos al medio ambiente natural, cuando no lo hacemos sentimos nostalgia. Es por ello que os sugerimos que de vez en cuando os detengáis y hagáis una exploración de vuestro mundo interior y si no oís los aullidos de los lobos, el susurro de las hojas o el barrito de un mamut es el momento de visitar las montañas.

Correr y naturaleza

Pd: Para acabar os dejo un pequeño poema de M Eliade:

El hombre primitivo encuentra su propia realidad sólo fuera del tiempo, en el acto sagrado del rito, que reactiva y reactualiza el arquetipo inmutable. Sólo en el ritual, que va marcando los momentos significativos de su vida, el hombre es realmente él mismo, mientras que el tiempo del devenir está vacío de significado.
(M. Eliade, 1949)

Referencias

1. Maas J, Verheij RA, Groenewegen PP, de Vries S, Spreeuwenberg P (2006) Green space, urbanity, and health: how strong is the relation? J Epidemiol Community Health 60(7):587–592.
2. Mitchell R, Popham F (2008) Effect of exposure to natural environment on health inequalities: An observational population study. Lancet 372(9650):1655–1660.
3. Dadvand P, et al. (2012) Green space, health inequality and pregnancy. Environ Int 40:110–115.
4. Berman MG, Jonides J, Kaplan S (2008) The cognitive benefits of interacting with nature. Psychol Sci 19(12):1207–1212.
5. Aspinall P, Mavros P, Coyne R, Roe J (2013) The urban brain: Analysing outdoor physical activity with mobile EEG [published online ahead of print March 6, 2013]. Br J Sports Med, bjsports-2012- 091877.
6. Tsunetsugu Y, Park BJ, Miyazaki Y (2010) Trends in research related to “Shinrin-yoku” (taking in the forest atmosphere or forest bathing) in Japan. Environ Health Prev Med 15(1):27–37.
7. Park BJ, Tsunetsugu Y, Kasetani T, Kagawa T, Miyazaki Y (2010) The physiological effects of Shinrin-yoku (taking in the forest atmosphere or forest bathing): Evidence from field experiments in 24 forests across Japan. Environ Health Prev Med 15(1):18–26.
8. Wheeler BW, White M, Stahl-Timmins W, Depledge MH (2012) Does living by the coast improve health and wellbeing? Health Place 18(5):1198–1201.
9. Ulrich RS (1984) View through a window may influence recovery from surgery. Science 224(4647):420–421.
10. Frumkin H (2001) Beyond toxicity: Human health and the natural environment. Am J Prev Med 20(3):234–240.
11. Morris DW (2011) Adaptation and habitat selection in the eco- evolutionary process. Proc Biol Sci 278(1717):2401–2411.
12. Sponheimer M, et al. (2013) Isotopic evidence of early hominin diets. Proc Natl Acad Sci USA 110(26):10513–10518.
13. Kuo FE, Sullivan WC, Coley RL, Brunson L (1998) Fertile ground for community: Inner city neighbourhood common spaces. Am J Community Psychol 26(6):823–851.
14. Nyqvist F, Nygård M, Steenbeek W (2013) Social capital and self- rated health amongst older people in Western Finland and Northern Sweden: A multi-level analysis. Int J Behav Med, 10.1007/s12529- 013-9307-0.
15. Maas J, Verheij RA, Spreeuwenberg P, Groenewegen PP (2008) Physical activity as a possible mechanism behind the relationship between green space and health: A multilevel analysis. BMC Public Health 8:206.
16. Oakes JM, Forsyth A, Schmitz KH (2007) The effects of neighborhood density and street connectivity on walking behavior: The Twin Cities walking study. Epidemiol Perspect Innov 4:16.
17. Richardson EA, et al. (2012) Green cities and health: a question of scale? J Epidemiol Community Health 66(2):160–165.
18. Rosenthal NE, et al. (1984) Seasonal affective disorder. A description of the syndrome and preliminary findings with light therapy. Arch Gen Psychiatry 41(1):72–80.
19. Hobday RA (1997) Sunlight therapy and solar architecture. Med Hist 41(4):455–472.
20. Thompson Coon JT, et al. (2011) Does participating in physical activity in outdoor natural environments have a greater effect on physical and mental wellbeing than physical activity indoors? A systematic review. Environ Sci Technol 45(5):1761–1772.
21. Gleeson M, et al. (2011) The anti-inflammatory effects of exercise: Mechanisms and implications for the prevention and treatment of disease. Nat Rev Immunol 11(9):607–615.
22. de Vries S, Verheij RA, Groenewegen PP, Spreeuwenberg P (2003) Natural environments–healthy environments? An exploratory analysis of the relationship between greenspace and health. Environ Plan A 35(10):1717–1731.
23. Maas J, et al. (2009) Morbidity is related to a green living environment. J Epidemiol Community Health 63(12):967–973.

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